lunes, 9 de febrero de 2009

ESTACIÓN: RAYUELA

¿Encontraría a Mac? Tantas veces nos habíamos quedado de ver en la estación de siempre y cada vez era más común el llegar a ella y esperar escribiendo pequeños cronopios de su ausencia. El mapa del metro asemeja a un tablero de direcciones que nos lleva de la estación Indios Verdes a Centro Médico y de vuelta a casa por El Rosario. La Maga ha dejado a Horacio y leo parecidos entre ella y Mac. Algunos. Seguro ella lo negaría si lo supiera. Viajando parece que el metro es una máquina del tiempo... quizá el error sea creer que es un medio de transporte como nos lo quieren hacer creer. Para llegar a ella he decidido seguir mi propio tablero, por lo menos así llegaré más tarde que ella.

            El vagón va llenándose poco a poco, como las notas al margen de mi libro. Ronald cambia los discos de jazz con una anarquía que sólo puede semejarse al incesante ruido de ese vendedor que confía que Daddy Yankee es mejor que Charlie Parker elevando su música al cielo... me ve con cara de “¿Y qué? Vendo más que los jazzistas muertos”. Una estación detenido, la lectura se frena. Con ese escándalo es imposible concentrarse en algo más que el deseo de ser sordo. Al menos hubiera una Babs en el vagón ya le hubiera bajado en medio de insultos y colocándole de sombrero su mochila con las bocinas.

            La Maga y Horacio están terminando sin poder hacer ruidos por el pequeño Rocamadour que duerme sus últimas horas sin saberlo. Es una lástima que la niña que llora en medio de ese grupo de scouts no sea la protagonista de este capítulo del libro, así estaría seguro que antes del próximo punto del tablero estaría calladita... muerta y silente. No sé si su guía sea pianista pero le da un aire a Berthe Trépat con su lumbago y esos zapatos de hombre a la moda de 1950. El metro no huele a París nocturno sino a tamales con atole champurrado.

            Del ying al yang hay varios eones sobre todo cuando el metro ha suspendido servicio y uno tiene que buscar otra manera de llegar a donde va. El lado de allá es tan lejano cuando las vías se mueren y las oraciones que uno escucha en lo que puede conectarse de nuevo al metro son vagas. Y por estas calles no hay clochardes sino simplemente polvo y soledad. Camino rápido y llego a otro lado del tablero.

            De pie la lectura se dificulta sobre todo cuando el metro sigue siendo un manicomio y no hay piolines para impedirle el paso a la gente que cada vez entra más a presión. Llevo el libro a milímetros de la nariz mientras me observan unos ojos verdes de hermosura maligna de una chica bonita de a ratos, pero ya no importa. El puente ha sido tendido y cerca de mi cita estoy. Veo la luz en el túnel y cierro el libro. Hemos llegado... ¿Encontraría a mi Maga?

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